Podemos pensar que ya es tarde para cambiar las cosas que nos gustaría que fueran de otra manera. Que ya es tarde para ceder y dar la razón a aquello que en su momento pensamos que no la tenían, aunque ahora tengamos nuestras dudas y sólo por orgullo, prefiramos «sostenella y no enmedalla» usando esta frase que nace del orgullo español y que tantos problemas ha dado en la historia. Podemos pensar que no necesitamos de ningún salvador ni ser salvados de nada, ni tan siquiera de nosotros mismos y si acaso surgiera en el horizonte alguna duda, atrincherarnos en la vanagloria.

Hay otro camino. El de rectificar a tiempo. Partir de cero en lo posible y reconsiderar las cosas. Tener en cuenta que se puede estar muchos años cometiendo el mismo error del que ya, casi ni nos avisan. Pensar que la humildad puede ser incluso muy rentable porque nos puede llevar a la verdad. Dice un proverbio japonés que cuando uno es joven e inexperto, «el agua es agua, las montañas son montañas y los árboles son árboles». Cuando se es leído e instruido «el agua ya no es agua, las montañas tal vez no sean montañas y los árboles tal vez no sean montañas». Cuando se es verdaderamente sabio, «el agua vuelve a ser agua, las montañas son montañas y los árboles son árboles». Tal vez de pequeños y de jóvenes tuvimos claro que Dios existe, que el mundo no puede venir por azar y casualidad y que Jesucristo era el mejor de los maestros. Luego, tal vez tuvimos a gala apartarnos de ello. Pero ahí sigue la evidencia de la tumba vacía, que demuestra que algo muy fuera de lo común ocurrió y, analizando las opciones, nos queda que la más coherente, fíjate tú, es la milagrosa: que Jesucristo resucitó y entonces es quien dijo ser y ciertas todas sus enseñanzas. Hoy es el día de salvación, nos recuerda la Escritura () Mientras haya aliento en nosotros, todavía estamos a tiempo de arrepentirnos de una forma de pensar y de vivir contrarias a un Dios que es amor y justicia, y confiar plenamente en que Cristo nos salvó al morir en la cruz del calvario. No perdamos ni un minuto. No nos olvidemos de la sentencia del clásico: «Al final de la jornada, aquel que salva sabe y el que no, no sabe nada».

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