Reflexiones al borde del camino

Haití y el silencio de Dios

Semanas después del devastador terremoto, seguimos conmovidos al ver el sufrimiento del pueblo haitiano. Un pueblo pobre, sacudido hasta los cimientos. La muerte y la desolación han formado parte del paisaje. También, ya sea en las distancias largas o en las cortas, a pie de desastre, asoma la solidaridad de muchos en medio de la desesperación. Estas catástrofes tan llamativas hacen que muchos piensen en Dios como el gran silencioso y ausente. O para otros, el juicio divino ha caído inmisericorde.

Hay otro camino. El de la humildad y el amor que Cristo nos mostró, quien nos mostró el rostro visible y palpable de Dios, quien murió en nuestro lugar y resucitó para llenar de esperanza eterna el desastre evitable de una eternidad sin Él. No podemos penetrar el misterio que rodea muchas de las cosas que pasan. No podemos decir, sin más, que lo sucedido en Haití haya sido un juicio de Dios. Queda ayudar a las personas, poniendo en marcha el amor al prójimo que Cristo nos enseña, ya que Él sabe como nadie lo que es el sufrimiento, ante el cual más que una respuesta se demanda una presencia.

Una vez le preguntaron a Jesús a propósito de un asesinato múltiple (). Él fue más allá, comentando un trágico accidente laboral que había tenido lugar. Dejó claro que las víctimas no eran más culpables que los supervivientes. Y recordó algo que hoy escandaliza a muchos: la vida es un instante que se nos acabará a todos. Por ello, cada uno y cada cual ha de arrepentirse, es decir: ponerse de acuerdo con Dios según Sus términos. Creer en y a Cristo. Si no, más tarde o más temprano, en una cama sedados o en un accidente o tras una enfermedad… todos pereceremos. Si creemos en Cristo, nos espera vida eterna.

Juan 3:16: «Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna.»

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