Reflexiones al borde del camino

La indignación revolucionaria

Nos indigna la injusticia, la opresión, la guerra, el hambre, la pobreza… en especial todos aquellas cosas que rebajan al hombre de su dignidad intrínseca y que tienen su origen en la propia mano del hombre. En el centro de la ciudad de Madrid, en España, a poca distancia de donde se escriben estas líneas, hay un campamento urbano desde hace semanas, una de las muchas caras del movimiento «15M», alzando la voz en medio del sopor reinante, anhelando una revolución ética. No podemos dejar de escucharlos.

Pero hay otro camino, aún más revolucionario: sentir la debida indignación por uno mismo al considerar nuestras propias inconsistencias y contradicciones (tan humanas, por otra parte). De hecho, confesar nuestra incapacidad para vivir la utopía propia, tanto en el plano individual como colectivo, más allá de euforias pasajeras. El hombre ha demostrado a lo largo de la historia ser un fracaso a la hora de cambiar el mundo. Y también de cambiar adecuadamente su mundo. Pero con Ayuda es posible. Podemos darnos media vuelta, en el plano existencial, y volvernos a Dios. Jesús de Nazaret se acerca al hombre desde el amor y ofertando arreglar el fracaso humano de raíz. Su demanda empieza por una solicitud de que se dé ese giro vital, eso que en la Biblia se conoce como arrepentimiento. «…el reino de Dios se ha acercado. ¡arrepentíos y creed en el evangelio!» () «Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan.» () Indignados y tristes por nuestros propios fracasos, aceptando los términos de Jesucristo, podemos experimentar el perdón y renovación necesarios para vivir verdaderamente una nueva vida. De hecho, Jesús lo dijo bien claro: «os es necesario nacer de nuevo» (). Y a partir de ahí, otro mundo es posible porque mi mundo será diferente.

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