En estos tiempos, estamos escuchando testimonios sobrecogedores de numerosas personas que han decidido romper un prolongado y doloroso silencio, confesando haber sido víctimas de abusos sexuales por parte del clero de la iglesia de Roma. Son huérfanos confiados a instituciones religiosas, o con familia pero igualmente internos en colegios, dejados al supuesto cuidado integral de dicho personal, estos niños y adolescentes se encontraron con personas que han provocado en ellos cicatrices vitales y aún heridas sin cerrar, por la vejación que supone el abuso sexual. Se añade más dolor, si es que cabe, ante la constatación de una estrategia inicial de silencio encubridor, desde las múltiples diócesis afectadas a la misma Roma, hasta que la crisis se ha convertido en tal, que el propio Benedicto XVI ha entendido que es imparable. Nos duele todo el conjunto de personas heridas y los culpables habrán de responder ante Dios y también ante los tribunales humanos. A esta desviación de conducta, contribuye sin duda la desviación de la fe, cuando un sistema eclesial como el romano decide no someterse sin reparos a las sanas indicaciones bíblicas, sino sobreponer malsanos magisterios y tradiciones imponiendo el celibato a su clero, cuando Dios ha previsto para los responsables de su iglesia la posibilidad del matrimonio como el mejor marco para dar expresión a una relación sexual plena entre hombre y mujer. «Dios mandó… pero vosotros decís», constató el Señor ante aquellos religiosos que habían puesto por encima la tradición de los ancianos sobre el mandamiento divino. Pero apartados de la palabra de Dios, la inclinación innata al pecado en el hombre, hace el resto. Podemos cambiar de escenario y seguir asistiendo en España a la puesta en evidencia de la corrupción de parte de nuestros políticos. Además, los escuchamos y mucho de su discurso no consiste en otra cosa que no sean la acusación y descalificaciones mutuas. Los que lo hacen mal son siempre los otros. En este sentido, damos gracias a Dios por iniciativas como las del Observatorio Cívico Independiente, promovido por la Alianza Evangélica Española, que aunque débil voz en medio de la algarabía, contribuye al llamado del Señor a ser sal y luz al fin y al cabo. Podemos levantar un poco más la cabeza y asomarnos al plano político internacional, para ver cómo ante la situación que ha provocado la crisis de un querido país como Grecia, resulta que ha sido habitual en ellos falsear estadísticas y contabilidades. No somos ajenos en España a esto. La mentira como estilo de vida. El hombre y su interés inmediato, por encima de todo lo demás. Miramos en otra dirección y nos encontramos espantados con menores de edad que no han aprendido ni aprehendido el sagrado valor de la vida humana y no se dan cuenta de lo fácil que es quitarla, porque no se limitan a matar en la videoconsola, sino también en el mundo real. Algunos cantantes, conocidos antaño por provocar con sus canciones, comentan que ya no encuentran temas que escandalicen. Sin duda, nuestra sociedad está enferma del alma. Porque, de entrada, lo están los hombres. Cada uno y cada cual. Por eso el evangelio es una muy buena noticia y constituye el cimiento verdadero e imprescindible en cualquier labor y preocupación social. Es, en sí, la mejor obra social, porque es poder transformador de Dios. En medio de este pesimismo antropológico, un optimismo radiante nos inunda cuando miramos a Cristo, quien no es sino Dios saliendo a nuestro encuentro, movido por su gracia transformadora. Su amor nos llena de esperanza. La Biblia, su Palabra, nos sigue comunicando que la peor pandemia no es sino la del fracaso del hombre ante Él y ante sí mismo, ese fallo al blanco que supone el pecado, pero a la vez nos señala que en Jesús hay perdón, la verdadera posibilidad de una nueva filiación con Dios para todo aquél que lo recibe a Él y a su mensaje con fe sincera y la posibilidad de vivir vidas distintas, nuevas, llenas de eternidad.

(Publicado en la revista Edificación Cristiana)

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